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Alvaro Sanz
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Antarctica, exploring the South Pole
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Enterprise Island
Enterprise Island, Antarctica - Polarsteps
No había sido consciente nunca de la inmensidad de las cosas a este nivel. Navegar a 25km/h me parece una velocidad perfecta para recorrer los fiordos chilenos y comprenderlos, cruzar el Cabo de Hornos y sentirlo, o atravesar el Pasaje de Drake y temerlo. Pero es que ahora, una vez llegados a la Antártida es impresionante la noción de inmensidad que uno siente. Y necesito acudir al mapa, y marcar un punto en mi posición y ver la pequeñez de lo que estamos abarcando. Porque estamos acariciando simplemente la costa de este territorio blanco y no puedo pensar en qué estaría sintiendo Amundsen cuando decidió plantar la bandera noruega en el Polo Sur. No puedo ni podré imaginar nunca el miedo que sintió el nórdico, ni tampoco la sensación de soledad y de consciencia de la muerte que le iba a llegar a Scott y los suyos.
Aquí nada es inmediato y todo es impredecible. Cualquier plan que se tome puede modificarse en cuestión de segundos y requiere su tiempo. No hace falta más que observar a los pingüinos haciendo sus nidos, o acudiendo a buscar comida con su patoso y lento paso. Sus patas cortas y sus inútiles alas hacen que todo sea un exceso de esfuerzo. Al verles subir por las pendientes te entran ganas de darles un empujón como ayuda, pero en cuanto se meten en el agua son tan veloces que son impredecibles.
Nuestro barco atraviesa bloques de hielo rompiéndolos en pedazos que se desconchan en mil pedazos, pero de repente nos detenemos en una pequeña bahía de hielo, protegiéndonos de vientos gélidos que se tornan peligrosos. Y pasan horas, dando vueltas en un lugar que se va volviendo gris, donde antes era blanco. Y al fondo puedes divisar un barco ballenero, de más de 20 metros, que se hundió justamente una semana después del Endurance, pero no tiene un lugar en el trono de los barcos endiosados. Se salvaron sus 85 pasajeros sin pena ni gloria. Y te preguntas qué precio tendría la carne de ballena hace un siglo para que hombres desprotegidos se echaran a la mar durante meses, sin ninguna intención exploradora, con la única misión de hacer derramar sangre a unos animales que de repente, y en el momento menos esperado aparecen en grupo a la hora de la cena, cuando parecía que ya nada más podía suceder. Pero sí, una vez más, todo es impredecible en este remoto lugar, del que sí, ahora ya puedo decirlo, estoy enamorado.
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Antarctica