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Alvaro Sanz
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Antarctica, exploring the South Pole
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Antarctic Sound
Antarctic Sound, Antarctica - Polarsteps
Por fin nos encontramos en plena Antártida. Hasta ahora hemos visitado sus islas cercanas y avistado tierra a lo lejos, pero ahora puedes percibir que el continente está cerca. Los bloques de hielo nos rodean y el barco navega lento. El viento sopla muy fuerte y añado una capa de abrigo a las 4 que llevo normalmente. Sentir frío cuando trabajas con la cámara es lo peor para pensar, componer y disfrutar del acto de fotografiar. Lo que peor llevo del viaje son los dos guantes que llevo en cada mano. Quitarme la mochila, cambiar de lente y simplemente buscar un trapo para limpiar el cristal de mi óptica se hace largo y lento. Mi equipo aguanta a la perfección las temperaturas bajas y la batería no disminuye como lo hacían las cámaras hace años en el frío. El viento trae consigo copos de nieve que me golpean la cara, las gafas. Sin duda mi cámara es más fuerte que yo, pero lucho por captar instantáneas en esta pequeña montaña por la que estamos subiendo. Al volver a la orilla, en la cara protegida, sigue haciendo frío pero el viente cesa y la sensación térmica es otra.
La marea ha bajado y descubro pedazos de hielo que hace unas horas no estaban en ese lugar. Los pingüinos corretean hacia la orilla en grupo en un simpático baile que te hace sonreír y recuperar parte de la movilidad en la musculatura facial.
Por la tarde, después de unas horas de navegación desembarcamos en la Base Esperanza, de Argentina. La experiencia es surrealista y cálida. El continente antártico no pertenece a nadie, y a la vez es de todos. Pero países como Argentina y Chile parecen soñar con hacer suyo algún pedazo de suelo blanco y han instalado varias bases, algunas fijas, y en el caso de la que hemos conocido, han traído varias familias y hay una escuela desde hace varias décadas. De echo, en el 78 nació el primer niño en la Antártida, y fue en esta base. Conocemos a los dos maestros y gracias a compartir idioma puedo charlar con los niños y compartir experiencias. Me parece increíble que en este lugar en el que este año han registrado temperaturas de -59ºC y vientos de 196km/h los niños vayan a la escuela y aprendan el alfabeto, el funcionamiento del cuerpo humano y toquen instrumentos musicales. Mora tiene 4 años y su madre, la maestra me deja que le tome un retrato. Ella me mira a través de su gorro de lana para decirme después que le está encantando vivir esta experiencia. Además, sus papás, los maestros se casaron hace justamente 2 días por lo civil, convirtiéndose en unos de los pocos matrimonios antárticos que existen. Con pena, y con ganas de saber más, después de un trago de mate y charlar con la meteoróloga de la base partimos hacia Antarctic Sound.
No tengo palabras y soy incapaz de escribir en este diario la belleza del momento que estoy viviendo aquí fuera. El mar, calmado y protegido por bloques de 60 metros de altura empieza a regalarnos icebergs que poco a poco iremos esquivando en el fragmento de mar más hermoso que jamás haya surcado. Cada pocos minutos un iceberg gigante empieza a acercase a nosotros mostrando sus diferentes caras, sus texturas, sus colores y su poder. Grupos de pingüinos nadan a toda prisa en la proa de nuestro barco buscando una pequeña isla de hielo como refugio. Mientras el viento me da en la cara y sonrío como hacía tiempo que no hacía me muevo por el barco como un niño pequeño en su primera cabalgata de los Reyes Magos.
Es la hora de cenar y no queremos salir del puente, no queremos comer, ni beber, ni respirar. Solo queremos ver, mirar, observar. La naturaleza se muestra imponente y nos regala algo que sé que tardaré en volver a ver, los icebergs antárticos.
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Antarctica