1. Alvaro Sanz
  2. Antarctica, exploring the South Pole
  3. Drake Passage

Drake Passage, false - Polarsteps

Por primera vez en más de dos semanas de viaje he escuchado parar los motores del Silver Explorer. Después de salir de la Isla Decepción y a cobijo de la XXX nuestra capitana lanzó el ancla y decidió esperar a que pasara la noche. Enfrentase al mar bravo a oscuras no parecía una opción segura e íbamos bien de tiempo. A media noche mi reloj empieza a sonar y no recuerdo haber puesto ninguna alarma, en la pantalla leo por segunda vez en este viaje “Aviso de tormenta”. Curioso fenómeno, justo cuando nos introdujimos en este temido pasaje hace una semana saltó el mismo aviso. Pero esta vez la presión ha caído en picado y desde el puente nos avisan que esperemos lo peor. Los vientos llegarán a los 100km/h y las olas alcanzarán los 12 metros en el peor momento, cuando estemos justo entre la Antártida y la Tierra de Fuego. ¿Cuantos barcos habrá en el fondo de este pedazo de mar? Hoy decido no seguir leyendo batallas de naufragios y pienso que lo mejor es salir a cubierta a sentir el aire. Provengo de una tierra conocida por el viento que genera el valle del Ebro al llegar al mar, pero lo que siento al abrir la puerta del nivel 6 es de otra dimensión. He salido con pantalones de pana y chaqueta y he durado fuera la primera ola. El frío es cortante. Está nevando y parece que las gotas que genera el mar al chocar con el barco se convierten en cristales que se te clavan en la cara. Es imposible mirar hacia adelante. Tienes que agarrarte a cualquier cosa porque el miedo a caer es inmenso y las posibilidades de sobrevivir nulas. Vuelvo a entrar cubierto de agua y busco a mi compañero Juan. Me pongo la ropa impermeable, varias capas de abrigo, las gafas de ventisca, guantes y preparo las lentes y varios trapos secos para secar el material. Sé que no va a ser fácil pero quiero vivirlo. En cuanto venga lo peor estoy seguro que cerrarán el acceso a fuera y no podré hacer fotografías. Esta vez me cuesta mucho mas abrir la puerta y me alegro de haber cargado la mochila porque siento que necesito peso para no volar. Amarro la mochila a una barandilla y miro hacia el fondo. Saco la cámara rápidamente y marco el punto de enfoque en el centro de la parte inferior, justo donde coincide con la proa del barco asomar. En menos de 3 segundos la lente está llena de agua y hielo. Me protejo de nuevo y asomo mi mirada esperando la siguiente ola. Después de varias horas me he acostumbrado y puedo intuir cuando vienen las grandes. El corazón lo sientes en la garganta, y entonces es el momento, 1, 2… golpe de casco, sonido, y agua! Las olas son imprevisibles y de una altura de unos 8 metros en este momento. Si siguen creciendo será imposible estar aquí. Hago únicamente tres ráfagas de fotos y estoy totalmente mojado, como si hubiese buceado en este mar imposible de domar. No veo nada, mi cámara aguanta una vez más, pero ni yo, ni mis manos, ni mis ojos, que no ven nada. Siento la sal en la cara y al frotarme he dejado lana de mis guantes en mis ojos. Grito, y alzo los brazos al viento. Me siento más vivo que nunca y entro dentro con la sensación de que ya nada puede detenernos.

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