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Plovdiv, Bulgaria - Polarsteps

Mi día en Plovdiv arrancó tempranísimo porque el bus salía a las 7 de la mañana desde Sofía. Ya tenía todo planeado desde unos días antes; compré el pasaje por internet con la ayuda de un amigo que es de allá y vive allá. La idea era estar en Plovdiv a eso de las 9 de la mañana y pegar la vuelta a las 6 de la tarde, para llegar como a las 8 de la noche otra vez a Sofía. Para llegar a la terminal de buses salí de mi hostel y me tomé el tranvía, que en unos 15 minutos me dejó ahí. Aunque todo estaba en búlgaro, fue súper fácil identificar el número de plataforma. Además, chequeé con mi inglés y con algunas personas que me ayudaron con el idioma para asegurarme de que ese era el bus correcto. El viaje estuvo en hora y el paisaje era bellísimo, aunque todavía no había amanecido del todo porque en otoño los días aclaran un poco más tarde. Al llegar, ya era de día y ahí me estaba esperando mi amigo búlgaro, que trabaja conmigo, con quien había organizado pasar el día. No me podía ir de Bulgaria sin verlo. La verdad es que conocí muchísimo gracias a él, aunque los nombres los recuerdo muy poco porque él me iba explicando toda la historia de Plovdiv a medida que recorríamos. Me llevó a un cerro donde arriba había un monumento a un soldado (tiene que ver con una de las guerras que tuvo Bulgaria), me contó sobre la historia de los otomanos y las distintas conquistas. También fuimos a un museo de varios pisos con temáticas diferentes, muchas de ellas sobre los crudos inviernos del país, las guerras y las situaciones difíciles que han pasado. Después fuimos a otro cerro que tenía unas vistas espectaculares desde donde se veía el primer cerro que habíamos visitado. Caminando me di cuenta de que Plovdiv tiene muchas calles empedradas, al estilo antiguo, y mi amigo me explicó que es una ciudad con muchísima historia. De hecho, paramos a ver una especie de anfiteatro romano impresionante. Yo nunca he ido al Coliseo Romano, pero me dio un poco esa sensación. Lo curioso es que lo descubrieron por accidente hace muchos años mientras excavaban para otro proyecto. Después encontraron otro más, y resulta que esa es una de las razones por las que Plovdiv no tiene metro: les da miedo arruinar o destruir alguna obra o antigüedad que todavía esté oculta bajo tierra. A la hora de comer hicimos una parada en un restaurante y fue mi primera vez comiendo conejo; vi que había en el menú y aproveché la oportunidad. Mi amigo se pidió una sopa súper tradicional de Bulgaria que se llama Tarator, pero esa no la probé porque no podía comerla, sin embargo dije que algún día la voy a hacer para probar pues me llamaba la atención la combinación entre pepino y leche. Pasamos el resto del día recorriendo, compré imanes como es usual, fuimos a un parque precioso y, antes de que se hiciera la hora, mi amigo me dejó en la terminal para emprender el regreso. Nos despedimos después de haber pasado un día magnífico, feliz de haberlo conocido en persona y de haber compartido tanto. De ahí me subí al bus, fueron otras dos horas y piquito de viaje a Sofía, y luego el tren de vuelta al hostel. Así terminó un día en Plovdiv: visitando a un amigo, conociendo lugares únicos y, ahora sí, a armar la maleta porque al día siguiente tocaba tomar el próximo avión.

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